3.1.08

CABALLO LOCO (II) - LITTLE BIG HORN

Cuatro días después de la derrota de Crook en el Rosebud, el coronel Gibbon, el teniente coronel Custer y el general Terry se reunieron en la confluencia de los ríos Rosebud y Yellowstone, al norte del lugar donde los indios se habían congregado tras la batalla, en la confluencia de los ríos Big Horn y Little Big Horn.

Campamento Sioux

Terry ordenó una operación de cerco a los dakotas: Gibbon y él mismo debían abordar a los pieles rojas desde el norte, y Custer debía avanzar desde el este, enlazar con el ejército de Crook (que andaba más al sur, entre la cabecera del Rosebud y el Tongue), y atacar a los indios desde el sur-sureste.

La mayor dificultad de la operación era que todas las tropas consiguiesen caer a la vez sobre los indios, dado lo abrupto del terreno, que dificultaba los movimientos y las comunicaciones. Custer había recibido órdenes precisas de Terry en cuanto a la trayectoria a seguir, pero el mismo general había puesto en sus manos la decisión de entrar en combate según su propia iniciativa. Era posible, pues, que alguno de los grupos en que se dividió el ejército de Terry entrase en contacto con los indios antes que los demás, y que se viese en la necesidad de hacerles frente. Lo razonable, en tal caso, sería que entablase con ellos un combate de distracción, en una posición bien cubierta y sin asumir demasiados riesgos hasta que llegase el resto del ejército. Pero eso era lo razonable, y las cosas, llegado el momento, no sucedieron precisamente así.

George Armstrong Custer

Custer fue, efectivamente, el primero en entrar en contacto con los indios y, naturalmente, se olvidó de enlazar con Crook y de esperar a nadie. De él se han escrito muchas cosas, y la más cierta de todas es que era un militar ávido de victorias que le ayudasen a recuperar su reputación, perdida más por su falta de diplomacia que por la falta de virtudes militares. Contra lo que a menudo se piensa, era un militar bastante capaz y con mucho oficio. Su gran problema era que estaba empeñado en demostrar que merecía mucho más de lo que obtenía; merecía la gloría, y la gloria no se comparte.

Exploradores Crow del Séptimo, entre ellos el mítico Mitch Bouyer

La noche del 24 de junio, los exploradores de Custer descubrieron un formidable campamento indio, la mayor concentración india que había visto un blanco: alrededor de 10.000 de los cuales unos 3.500 eran guerreros. Todo aconsejaba una táctica prudente, pero Custer estaba al mando.


El campo de batalla

El 25 de junio de 1876, Custer dividió el regimiento en tres columnas: la del mayor Reno debía cruzar el vado del río Little Big Horn al sur del campamento indio, Custer atacaría desde el este, cruzando el río sobre el centro de la concentración india, y el mayor Benteen quedaría de reserva. Del plan se esperaba que Reno barriese el campamento de lado a lado, Custer efectuaría un movimiento de flanqueo y sorprendería el flanco derecho de los indios, penetrando en su retaguardia si era posible.

Reno cruzó el vado del Little Big Horn sin problemas pero, al acercarse al campamento indio, una nube de guerreros corrió a enfrentársele. Los indios conocían los movimientos de Custer, pero no podían creer que fuese tan insensato como para atacarles, de modo que les pilló desprevenidos, aunque reaccionaron con rapidez.

“No podía creer a mis oídos. Debía tratarse de una falsa alarma. No podía imaginarme que hubiera ningún blanco tan audaz como para atacarnos, pues nosotros éramos tantos…., no perdí tiempo, sin embargo, y me dirigí a toda prisa al campamento. Una vez allí, comprobé que el ataque ya se había iniciado, precisamente por la parte ocupada por Toro Sentado y sus hunkpapas”, Perro Humilde, Jefe oglala.

Reno llegó a las mismas puertas del campamento, donde los guerreros organizaron un frente para permitir que las mujeres y niños se pusiesen a salvo. Agalla, lugarteniente y hermano adoptivo de Toro Sentado, que perdió a toda su familia en aquella acometida, encabezó a sus guerreros y cargó contra Reno obligándole a retroceder, envolviéndole, quitándole el aire.

El mayor Reno era un militar curtido pero, cuando los de Agalla cayeron sobre su columna, tuvo un momento de vacilación. Los yanquis dudaron, y estuvieron a punto de echar pie a tierra desarbolados por la acometida de los hunkpapas, lo que hubiese supuesto su final. Por fortuna para ellos, Reno recobró la serenidad y ordenó el repliegue de una columna en serio peligro de extinción.

Reno consiguió ganar una altura, reunirse con los hombres de Benteen y resistir allí el ataque de los indios hasta la llegada de Terry y Gibbons. Tras la batalla fue investigado y recibió duras críticas pero, por fin y por justicia, fue oficialmente rehabilitado, y cuatro quintos de los supervivientes del Séptimo pidieron que asumiese el mando vacante por la muerte de Custer.

Mientras los indios corrían a Reno, Custer prosiguió con su plan inicial y fue acercándose al campamento indio por la quebrada de Medicine Tail. Los indios salieron a su encuentro y, en ese instante, Custer vió por fin lo que no había querido ver el día anterior, o sea, que eran demasiados.

Guerreros sioux

El 7º contaba con algo más de 500 hombres, y la columna de Custer la formaban alrededor de 200; los indios eran 3500, de modo que la proporción media era de 7 a 1. Cabe pensar que no era una desproporción insalvable si los yanquis hubiesen contado con rifles automáticos, pero los del 7º iban armados con rifles Springfield 73 de un solo tiro que, para colmo, se encasquillaban cuando se calentaban demasiado, lo que les obligaba a tirar de Colt reglamentario, éste sí de repetición pero sólo eficaz a corta distancia. Los indios, por el contrario, sí tenían armas de repetición, además de sus tradicionales hachas, arcos, flechas y lanzas, aunque no contasen con un suministro estable de munición.

Personalmente no creo que la columna de Custer hubiese podido hacer mucho más con Winchester de repetición, aunque seguramente Reno sí hubiese tenido una posición más desahogada,… pero no adelantemos acontecimientos.

Cuando Custer apareció junto al río, le sucedió lo mismo que a Reno, que una marea roja le cayó encima a través del río amenazando con desbordarle. Los indios salían de todos lados y acosaban sin tregua al Séptimo, que se dirigió hacia las alturas de Greassy Grass con los indios pisándoles los talones, lanzándoles un aluvión de balas y flechas. Custer esperaba poder llegar al punto más alto del promontorio, reorganizarse allí y hacer frente al ataque, pero pronto estuvo claro que no iba a conseguirlo.

Hasta aquí, la batalla parecía una más de las batallas entre indios y blancos, y es probable que los hombres de Custer, a pesar de la presión de los dakotas, hubiesen salido mejor del paso si los indios simplemente les hubiesen perseguido pero, cuando el Séptimo se replegaba alocadamente hacia las alturas de Greassy Grass, los reds, astutamente, envolvieron sus flancos, cortaron su retirada y, literalmente, acabaron con ellos. Tal como se ve en el mapa, cuando los de Custer se desviaron hacia su izquierda para remontar las alturas de la colina Nye-Cartwright, Agalla, en lugar de continuar la persecución, siguió adelante por la quebrada, para emerger más arriba, en una posición favorable, elevada, y que cortaba la retirada al Séptimo. Por el norte, Caballo Loco vadeó el Little Big Horn y atacó el otro flanco de la caballería yanqui, que quedó completamente copada.

Para comprender la batalla debemos tener en cuenta que todo tuvo lugar en un tiempo extremadamente breve, pues no transcurrieron más de 50 minutos desde que comenzó el ataque contra Custer hasta que su columna fue totalmente aniquilada. Sabiendo esto, es fácil imaginar cuál fue el ritmo frenético de los acontecimientos y fácil comprender por qué el Séptimo no reaccionó de alguna manera. Lo cierto es que los pieles rojas los barrieron del mapa, y lo único que pudieron hacer los blancos fue correr por Greassy Grass dejando tras de sí un bonito rastro de cadáveres.

Custer's last battle of the Little Big Horn, Edgar Paxson, 1899

En la batalla de Little Big Horn, los indios eran más, tenían mejores armas y conocían mejor aquel terreno quebrado tan propio para las emboscadas y, por si eso fuera poco, habían aprendido a pelear contra los blancos, tal como hiciera Caballo Loco en la batalla de Rosebud. Frente a ellos, los blancos estaban comandados por un Custer que conocía el oficio pero que pecó de un grave exceso de confianza, llevado por sus ansias de notoriedad política. Hay que recordar que Reno salió del trance, atrincherado en su colina, con los mismos Springfield 73, aunque las pasó moradas: la llegada de Benteen fue providencial, porque los de Reno se estaban quedando sin municiones; tenían que bajar al río a buscar agua (sol de junio, heridos) y cada cinco bidones les costaban un hombre… pero salieron vivos, con la cabellera bien pegada a sus seseras.

Custer intentó hacer lo mismo, atrincherarse en Greassy Grass, pero se desangró en el intento; conservó su cabellera, aunque no la cabellera de largos bucles dorados que le había ganado el sobrenombre de Cabellos Largos, porque se había rapado para la ocasión, en algo que fue considerado un mal augurio por algunos de sus hombres.

Nadie sobrevivió en el grupo de Custer, salvo Comanche, el caballo del Capitán Keogh.

Comanche

De aquella batalla que no pasó de escaramuza pero que ha pasado a la historia como símbolo de heroicidad y, también, como símbolo de la resistencia del pueblo indio frente a los abusos del blanco, han resultado muchas anécdotas y muchas polémicas. Su repercusión real en la historia es inversamente proporcional a la cantidad de comentarios que ha suscitado.

De entre las polémicas, hay algunas muy animadas. Ya hemos hablado de las especulaciones en torno a la calidad del armamento y la munición y, en mi opinión, el ataque indio fue tan fulgurante que privó a los de Custer de capacidad de respuesta. Otra famosa gira en torno a qué pudo haber hecho Custer para no salir tan mal parado, y la única conclusión posible para cualquier cerebro sensato es que su única salida habría sido renunciar al ataque y haberse vuelto por donde había venido.

Carabina Springfield

También se dice que Custer podría haber ganado el combate si hubiese aceptado los refuerzos que le había ofrecido Terry, 3 ametralladoras Gatling y 4 compañías de refuerzo; he llegado a leer, incluso, que Custer renunció al uso del sable como un rasgo de soberbia… Lo cierto es que Posaderas Calientes (como también le llamaban los indios) rechazó las ametralladoras argumentando que los carros que las transportaban no podrían pasar por el terreno abrupto por el que él tendría que desplazarse, y rechazó las 4 compañías porque el oficial al mando, el mayor Brisben, padecía ataques de reumatismo que le impedían montar, lo que Custer consideraba pernicioso para la moral de la tropa. En cuanto al sable, sentía veneración por este símbolo de la caballería; en la empuñadura del suyo figuraba la caballeresca inscripción: “No me desenvaines si no es por una causa justa. No me envaines sin haber vencido”. Si ordenó prescindir de él fue sólo porque pensó que el tintineo del metal podría eliminar el factor sorpresa… Por otra parte ¿De qué les hubiese servido llevar los sables?

George Armstrong Custer

De entre las anécdotas, aunque todas las anécdotas sobre Little Big Horn han sido alguna vez polémicas, cabe destacar que Custer conservó su cabellera, o lo que él mismo había dejado de sus dorados bucles. Varios guerreros indios se atribuyeron su muerte, pero no está probado que ninguno fuese el autor y son numerosos los testimonios que dicen que, durante la batalla, nadie reconoció a Custer. Por extraño que parezca, si pensamos en el polvo, la confusión, el apelotonamiento, la sangre, los disparos, la excitación,…, el breve lapso de tiempo en que todo se produjo y el hecho de que Custer vestía chaqueta de trampero (sus galones no estaban a la vista), no resulta raro que Posaderas Calientes no fuese identificado. En su cadáver no se encontraron signos de violencia, mutilaciones ni nada parecido. Los indios sentían respeto por su valor, pero quién sabe si hasta el punto de respetar su integridad; en cualquier caso, quizá no fue reconocido y quizá no conservaba el suficiente pelo como para que mereciese la pena arrancarle la cabellera.


2 comentarios:

malatesta dijo...

Excelente historia. ¡No me ha defraudado la corta espera! Es de agradecer el mapa detallado. A veces las historias de batallas adolecen de ellos y no te enteras de la misa la mitad.
Supongo que ha pasado a la historia por se una derrota humillante, por pequeña que fuese.
Subestimar al enemigo se paga caro. Hace un par de días ví un reportaje sobre Magallanes, y su muerte a manos de los filipinos tiene la misma traza: confianza excesiva a pesar de la clara inferioridad.

ismo dijo...

Resulta fácil juzgar a toro pasado. La desproporción numérica era ostentosa, los indios estaban bien armados, conocían el terreno y sabían combatir a los blancos a su manera. Custer comandaba un Séptimo que no era demasiado veterano, y cometió el error de dividirlo, y desoyó los consejos de sus scouts... pero lo cierto es que Custer tenía fama de audaz, y otras veces su audacía le había ganado victorias, y tenía oficio.

¿Cabía una pequeña posibilidad de que el plan saliese bien? Los indios también pecaron de desconfianza, y el ataque les pilló desprevenidos... Y hay que contar que tenían mujeres y niños que proteger ¿Podría haberlos barrido Reno mientras CUster les entraba de flanco?

Podían haber pasado muchas cosas, y por eso creo que los dos grandes héroes de la batalla fueron Gall y Caballo Loco. Movilidad, manejo de grandes concentraciones de guerreros, instinto para descubrir los puntos débiles del enemigo y actuar en consecuencia... Las crónicas sobre la batalla son de locos... la caballería de aquellos flipados debía ser pura canela.